viernes, 23 de noviembre de 2018

Noviembre

Noviembre
es amar a escondidas.
Quitarse la ropa.
Curarse las heridas.

Es prometer el mundo
a alguien que no conoces
pero que llevas esperando
toda la vida.

Es pecar
por penúltima vez
los viernes por la noche
en la cama de un hotel.

Decirle a los demás
que te llevaba a bailar
mientras te hacía mía
en los baños de algún bar.

Pero noviembre también es
una llamada perdida,
un mensaje sin respuesta;
alguien que ya no te necesita.

Es la promesa de quedar
"un día de estos"
que nunca llega.
Porque es difícil aceptar
que a alguien a quien amas
ya ni siquiera le importas.

Noviembre te mata
sin que te des cuenta;
con sus días grises,
con sus noches de lluvia.

Despertar de madrugada,
dormir entre horas,
escuchar canciones tristes
y mirar por la ventana.

Noviembre es hacer cosas
que ni siquiera te gustan
para desterrar de tu abismo
la palabra melancolía.
Es repetirme a mí mismo
que volverás algún día.

Al final es maquillar
verdades dolorosas
con mentiras piadosas.
Volver a pensarte
como el primer día,
cuando aún no eras mía,
pero ya no podías ser
de nadie más.

Pero la realidad es
que aquel noviembre,
el mes de abril,
aquellos viernes,
dos mil dieciséis,
ya nunca volverán.

martes, 4 de septiembre de 2018

Septiembre

Septiembre es así.

Los días más cortos,
las tardes nubladas,
las noches más largas,
la lluvia en mi ventana.

El sol aún candente,
el viento algo helado.
El sudor en la frente,
un flotador abandonado.

Septiembre es así.

Veleros en el puerto,
piscinas desiertas,
arena en los bolsillos,
nostalgia en las maletas.

Se rompen las parejas,
se separan las cuadrillas.
Los sueños hechos trizas
promesas incumplidas.

Septiembre es así.

Los castillos de arena
sin dragones,
sin princesas,
se pierden entre las olas
sin padres que los construyan,
sin niños que los derrumben.
Solo quedan tristes ruinas
de un verano que se muere.

Septiembre es así.

Dejar los helados,
apuntarse al gimnasio,
volver a la universidad,
conseguir un trabajo.
Fijarse una meta,
estrenar una agenda,
ponerse corbata,
conocer gente nueva.

Septiembre es así.

Se cierra una puerta,
acaba una etapa.
Se abre una ventana,
falsas esperanzas.
Mochilas en las espaldas,
colas en el metro.
Melancólicas miradas,
taxis al aeropuerto.

Septiembre es así.

Toallas sin dueño,
dormirse sin sueño,
canciones de Green Day.
Vestirse de largo,
despedir el verano.
Volver a empezar.

jueves, 19 de mayo de 2016

Cuando se juntan dos desastres

Esta es la historia de la chica que nunca quiso ser princesa. Odiaba ser la antagonista de una novela cuyo argumento siempre se le volvía en contra. Así que, leía. Se conformaba con ser mera espectadora de cualquier historia que no fuese la suya. Se sumergía en universos de papel que convertía en salidas de emergencia que acababan por llevarla a ninguna parte.

Renegaba de los poetas. De aquellos que le prometieron la Luna antes de dejarle el corazón lleno de heridas. Y bailaba. Se movía de puntillas con el viento al compás de una balada triste de trompeta y se agarraba a cualquier cintura que fuese capaz de adaptarse a su frecuencia.

Estaba cansada de arriesgar. De lanzar la moneda al aire y que le partiesen la cara cada vez que salía cruz. De tener un corazón de piedra y sentimientos de papel en un mundo lleno de tijeras.

Se derrumbaba de espaldas al mundo cuando huía de unos complejos que solo ella era capaz de ver. Dibujaba corazones rotos en el espejo con su barra de labios porque se había cansado de buscar príncipes y de que todos se convirtiesen en rana. Y soñaba, en silencio, porque un día le dijeron que es inevitable estrellarse contra el suelo cuando quieres volar por encima de las nubes.

Y sin embargo, un día conoció a alguien capaz de mantenerle en pie cuando todo a su alrededor amenazaba con estallar en mil pedazos. Le entregó su corazón lleno de parches con la esperanza de no tener que volver nunca a recoger los trozos del suelo.

Y ese día lloró.
Y él también lloró con ella.
Y se hicieron la promesa
de que la próxima vez
que naufragasen
sería entre sus brazos. 

Porque enamorarse, al fin y al cabo, es un juego de valientes. Es todo ese riesgo que corres cuando te enamoras de un desastre.
Pero cuando dos desastres se encuentran, ¿qué puede salir mal?